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La Torre
¿Qué habría pasado
si Kafka hubiera sentido debilidad por el
ajedrez al escribir El Castillo? Quizá
el mito de la inasequible meta fuera ahora
un torneo de ajedrez. En vez del agrimensor
K., el protagonista sería el jugador
R., el gran funcionario Klamm (palabra similar
a la inglesa "clam" = almeja)
sería Oysters (ostras) ; en lugar
de Alemania, tendríamos al jugador
Patrick, como rebelde ante las imposiciones
burocráticas...
Esta es la propuesta lúdica de Chris
Depasquale, quien no sólo se hizo
la pregunta, sino que creó, a modo
de respuesta, este espléndido juego
de paralelismos.
. La invitación
R. estrechó contra su pecho la carta
que le invitaba a ser el duodécima
participante en el Campeonato de ajedrez
de Victoria. Había dedicado toda
su vida a esa tarea -pues no es tan fácil
lograr esa excelsa categoría de participante
en el campeonato del estado- y mientras
recorría los yermos azotados por
el viento conocidos como Ripponlea, sintió
que todos sus desvelos habían merecido
la pena.
Naturalmente, R. Podría haber tenido
dudas sobre su participación -después
de todo, en otras ocasiones ¿no había
intervenido el destino en el último
momento, impidiéndolo ocupar su puesto
en el torneo?- pero esta vez era diferente.
La carta que él tenía firmada
por Oysters en persona, y era bien sabido
que Oysters era un gran hombre por esos
lares -quizás incluso el más
importante funcionario de todos, aunque
esto lo ponían en duda algunos que
no lo habían visto- y eso debería
ser suficiente hasta para R. Atrás
quedaban el año en que le habían
asegurado su participación sólo
para encontrarse con que el campeonato no
se iba a celebrar ese año, y aquella
otra ocasión en que se aceptó
su ingreso sólo para encontrarse
con que el acontecimiento lo habían
cambiado de campeonato ajedrecista a prueba
de orientación en campo abierto.
A R. Le salieron al paso -como esperaba-
al acercarse a la entrada del lugar de juego.
¿Quién es usted?, inquirió
el hombre de la puerta, pero, antes de que
R. Pudiera responder, uno de los ayudantes
del portero -y, desde luego, es evidente
que todo el mundo a cargo de tan elevadas
responsabilidades necesita, al menos, dos
ayudantes- le dijo: "No, nos cuentes
quién eres. Márchate, y si
se te necesita, ya se enviará por
ti."
"Pero ya han enviado por mi",
explicó R., pacientemente. Estoy
aquí en calidad de duodécimo
jugador en el Campeonato de Victoria,"
y se permitió una pequeña
sonrisa. "¡Imposible!",
espetó el portero, y le dio la espalda
a R. "Esto no es un partido de cricket
de pueblo, donde se requeriría un
duodécimo jugador. Esto es un campeonato
de ajedrez". "De hecho, éste
es El Campeonato de Ajedrez, y sólo
participan diez jugadores," añadió
uno de los ayudantes, en un tono que sugería
que cualquiera que estuviese a la puerta
-como, ciertamente, se encontraba R. en
aquel momento- sabría que sólo
diez jugadores tomaban parte en el Campeonato
de Victoria, y el ayudante también
le dio la espalda a R.
En otro momento R. podría haber
dado rienda suelta a sus sentimientos sobre
ese grosero comportamiento, pero la confianza
en su propia condición le contuvo.
"Deben de estar ustedes confundidos,"
dijo, sacando de su bolsillo la carta de
Oysters, y poniéndola delante de
las narices del segundo ayudante. "Los
funcionarios nunca cometen errores,"
repuso el ayudante, pero se tomó
al menos tiempo para leer la carta. "Entonces,"
dijo R., una vez que el ayudante hubo acabado
de leer, "¿cómo explica
usted esto?" El funcionario hizo una
mueca desdeñosa a ese comentario,
preguntándose cómo cualquiera
con la suficiente inteligencia para jugar
al ajedrez podía ser tan carente
de conocimientos y de comprensión
hacia el trabajo de los funcionarios. "Debe
usted hablar con el árbitro; él
se lo explicará", dijo el funcionario.
"¿Y dónde está
el árbitro?", preguntó
R., con tanta paciencia como pudo en esas
circunstancias. Pues en la sala de juego,
hombre de Dios," dijo el segundo ayudante,
y R. se encaminó hacia la puerta
del salón de juego.
El portero y sus ayudantes le cerraron
el paso, y el portero le recordó
que no tenía derecho a acceder a
la sala R., que había visto una enorme
cantidad de gente acceder al salón
de juego, mientras él intentaba resolver
su situación con el portero y sus
ayudantes, preguntó a quién
le estaba permitido acceder. "Sólo
a jugadores, funcionarios y espectadores,
por supuesto," explicó el portero.
"Bueno, yo soy un jugador," insistió
R., agitando la carta de Oysters delante
de sus caras. "No puede usted serlo",
dijo el portero, "ya que no se requiere
un duodécimo jugador". R. lo
consideró un instante. "Entonces
soy un espectador," probó R.,
"y tengo derecho a entrar." El
portero meneó la cabeza con tristeza.
"Esta invitación se refiere
a usted como jugador," señalo,
"por lo tanto, usted no puede ser un
espectador. Y ya que esta carta está
firmada por un funcionario de tan alto rango
como el mismo Oysters, no nos podemos tomar
la libertad de ignorarla."
"Quizá, en vez de hablar con
el árbitro, yo debería hablar
con Oysters para resolver esta asunto,"
sugirió R., ante lo cual el portero
y sus ayudantes empezaron a reírse
tímidamente, y después en
sonoras carcajada. R. enrojeció,
mientras sus risas acababan reduciéndose
a toses y farfullas y, por fin, el portero
pudo contarle que el árbitro era,
en realidad, el mismísimo Oysters.
"Pero si espera usted fuera,"
continuó, "puede ser que le
pille antes de que se marche."
Sin otro remedio, R. esperó fuera,
donde pronto se le unió uno de los
ajedrecistas, quien le ofreció un
cigarrillo. "¿Por qué
fuma usted?, preguntó R., deseoso
de olvidar por un rato el tema de sus apuros.
"Mata todos los gérmenes de
ahí dentro," dijo el ajedrecista,
sacudiendo su cabeza en dirección
a la sala de juego. "En todos los torneos
de ajedrez los no fumadores acaban con todo
tipo de dolencias, que les impiden alcanzar
sus mayores logros." R. sopesó
esto. "Por qué no fuman ellos,
entonces?", hizo la pregunta obvia.
"Bueno, deben tener alguna excusa,
al menos gripe o algún resfriado,
por si no ganasen todas sus partidas,"
señaló el ajedrecista, "¿No
necesita usted ninguna excusa?", preguntó
R., y el ajedrecista sonrió. "Me
hacen fumar fuera, así que es casi
seguro que coja una pulmonía antes
de que acabe la prueba, por lo tanto, tendré
la mejor excusa de todas," R. mantuvo
una pequeña charla con el jugador,
se hicieron algo amigos, y la confianza
aumentó lo suficiente como para explicarle
que él estaba esperando a Oysters,
quien había cometido algún
error que debía ser subsanado. "Te
advierto," dijo el ajedrecista, "que
los funcionarios nunca cometen errores.
Y cuanto más importante es el funcionario,
más improbable es que cometa errores.
Mi hermano acusó una vez a Oysters
de cometer un error y eso arruinó
su vida," Y el ajedrecista procedió
a relatar la historia de Patrick.
. La historia de Patrick
Patrick era el mejor jugador de la zona.
Y todos lo sabían Los funcionarios
lo sabían. Los otros jugadores lo
sabían. Como si hubiera alguna duda,
los funcionarios hicieron una encuesta entre
los veinte mejores, pidiéndoles que
hicieran una clasificación de esos
veinte mejores. Siendo el mejor, Patrick
naturalmente recibió un primer puesto
y diecinueve segundos puestos. Cuando tocó
seleccionar el equipo para el encuentro
telefónico interestatal, le mandaron
una carta, firmada por Oysters personalmente,
ofreciéndole el segundo tablero del
equipo. En un ataque de ira, Patrick destruyó
la invitación públicamente.
A los pocos días empezaron a pasar
cosas. Los estudiantes a los que entrenaba
dejaron de asistir a las clases. Las solicitudes
que mandó a varios torneos parecían
extraviarse constantemente o no recibirse.
Su club de ajedrez le retiró su calidad
de miembro honorario vitalicio y sus compañeros
habituales de Blitz seguían sin encontrarse
disponibles. El hermano de Patrick -pues
no era otro ese ajedrecista fumador-se dirigió
a todos los funcionarios que conocía
e incluso a algunos que no conocía,
suplicando que revocaran su decisión
de relegar a Patrick. Ellos adujeron que
no se había tomado tal decisión.
El señaló la marcha de los
alumnos y ellos apuntaron que los alumnos
dejan sus entrenamientos o cambian de entrenador
todos los días. El sacó a
relucir las solicitudes que desaparecían,
pero los funcionarios -mientras se esforzaban
en puntualizar que los funcionarios nunca
se equivocan- expresaban el punto de vista
de que los fallos del correo en alcanzar
su destino son un suceso diario.
En seis meses Patrick había muerto,
un hombre roto y solitario. La cuestión
que necesitas considerar es: ¿Mató
Oysters a Patrick?
. La versión oficial
Cuando el ajedrecista terminó su
relato, R. se quedó preocupado por
él y la cantidad de tiempo que había
pasado alejado del tablero. "No se
preocupe," dijo, "ya me he apuntado
la ronda de hoy. ¡Al parecer el decimosegundo
jugador no apareció!" Y con
eso se despidió corriendo a coger
el autobús. R, quería correr
tras él, pero le preocupaba perder
a Oysters, si abandonaba su puesto de centinela
junto a la puerta.
Unas horas después, los jugadores
empezaron a abandonar el emplazamiento,
a medida que acababan las partidas, mientras
R. esperaba pacientemente a que apareciese
Oysters. Varias horas después, justo
cuando R. había abandonado toda esperanza,
Oysters apareción. "Tengo que
hablar con usted", dijo R., pero Oysters
siguió andando. R. corrió
tras él; al llegar a su altura, agitó
la carta delante de su cara. "Sí",
dijo Oysters, "debo hablar con usted
sobre esto, pero también debo apresurarme
para llegar a la emisora de radio. Puede
usted viajar conmigo si quiere." R.
no dijo nada, pues necesitaba todo el aliento
para mantener el paso del funcionario, de
rápidas zancadas. Al alcanzar su
coche, Oysters rompió numerosas multas
de aparcamiento del parabrisas y las tiró
a la cuneta. Luego montó y R. apenas
estaba lo bastante alerta para subir también
en el asiento del pasajero, antes de que
el coche arrancara y empezase a correr como
un demonio hacia los barrios residenciales
exteriores, donde R. sabía que se
encontraba la emisora. R. no estaba muy
seguro de si debía o no hablar, pero
o deseando ofender al funcionario, esperó
pacientemente. Por fin, habló Oysters:
"Usted no se presentó hoy a
jugar su partida, así pues tuvimos
que retirarle del torneo." R. se sintió
forzado a discutir su caso, pero los acontecimientos
del día le había agotado.
Ahora lo único que quería
hacer era relajarse en el confortable asiento
del coche y abandonarse al sueño.
Mientras se debatía por mantenerse
despierto, que era lo único correcto,
ya que allí estaba ese importante
y poderoso funcionario concediéndole
el beneficio de su tiempo, conocimiento
y experiencia -y cuando se trataba de sabiduría,
quién sabe qué perlas podría
producir-. Oysters continuó, con
tono monótono:
"Mi reacción inicial fue suspenderle
durante dos años por incomparecencia,
y doce más por ser un abandono injustificado,
aunque puede argumentarse que su abandono
fue dirigido por un funcionario y, por consiguiente,
no puede ser injustificado, pero es, en
realidad, una cuestión de falta y
culpabilidad compartida -lo que no puede,
naturalmente, aplicarse nunca a los funcionarios,
cuyas acciones son siempre intachables-
pero entonces yo tendría que decidir
si las suspensiones se aplicarían
de forma consecutiva o simultánea.
Naturalmente, usted alegará que no
fue autorizada su entrada al salón
de juego por los funcionarios, pero nosotros
-es decir, los funcionarios- señalaríamos
que se le mandó una carta de invitación
para evitar ese mismo problema, y todo lo
que ha sucedido, en realidad, es que usted
no ha hecho uso apropiado de esa carta.
Por otra parte, podríamos considerar
que no se ha hecho ningún daño
y que usted podría jugar su partida
otro día, como si hubiera sido aplazada
por cualquier motivo.
Naturalmente, siendo realistas, no hay
ninguna razón para aplazar partidas,
pues si los jugadores son incapaces de jugar
sus partidas los días programados,
¿por qué se iban a inscribir
en el torneo? ¿Qué sucedería
si usted intentase inscribirse en uno de
los grandes torneos de ajedrez del mundo,
como Hastings o Wijk aan Zee y propusiera
en su solicitud que le gustaría jugar
sus partidas en fechas diferentes a las
programadas por los organizadores y, preferiblemente,
en otro lugar? Está claro que ellos
le contestarían con una educada misiva,
agradeciéndole su solicitud y disculpándose
por su extravío y por no haberla
recibido. Aquí, naturalmente, por
lo general nos gustan los aplazamientos,
porque alteran el curso de las cosas y requieren
que nosotros los organicemos, como lugares
para las partidas aplazadas, árbitros
para supervisarlas, y numerosos formularios
por duplicado o incluso triplicado- pues
¿para qué sirve el papeleo,
si no es para sacarlo en copias múltiples
para todos los distintos funcionarios?-y
de este modo podemos llenar nuestro tiempo.
Hay quien podría argumentar que los
funcionarios deberían pasar su tiempo
animando a la gente a jugar un ajedrez organizado,
desarrollando planes de negocios colectivos.
Consiguiendo patrocinadores publicitarios
y apoyo gubernamental, pero la pura verdad,
debo confesar que nunca he intentado tales
cosas, pero aun así tengo bastante
confianza en que no se nos darían
bien, y puesto que los funcionarios nunca
se equivocan, parece probable, no, casi
seguro, que tenemos razón en ese
apartado-, y por eso nos contentamos con
llenar nuestro tiempo organizando eventos
del modo más desorganizado posible.
Así que no es posible que usted participé
en el Campeonato de Victoria este año.
Pero mientras que no puede participar y,
por razones que ya se le han expuesto, no
puede ser un espectador en el acontecimiento,
podría no verse inconveniente en
darle el empleo de operario del tablero
mural. Y como no hay tableros murales que
manejar, eso le dará a usted tiempo
para participar en la sección de
reservas, que, en caso de ganar, le clasificaría
para jugar en el Campeonato de Victoria
el año que viene. Entiendo que usted
probablemente querrá apelar esta
decisión, pero, como ya se habrá
dado cuenta, yo soy el funcionario al frente
de esta organización, y mi decisión
sólo puede apelarse en el consejo
plenario de funcionarios, en la Asamblea
General anual."
R. parecía estar dormitando durante
el largo monólogo, pero ante la mención
de un posible canal de apelación
que le habilitase para tomar su lugar en
el campeonato, se despabiló. "¿Cuándo
tendrá lugar la Asamblea General
Anual?", preguntó R., tratando
de no hacerse demasiadas ilusiones. "A
estas alturas, naturalmente, no lo sabemos",
repuso Oysters, "ya que nunca tenemos
nada organizado con más de un día
o dos de antelación. Puedo decirle,
sin embargo, que la última A.G.A.
se celebró ayer. Ya he llegado a
mi destino, y debo pedirle que abandone
el automóvil".
Un sorprendido R. salió precipitadamente
del vehículo, cuya marcha Oysters
amablemente había reducido a unos
treinta kilómetros por hora para
hacérselo posible, y emprendió
su largo camino a casa. Mientras caminaba,
R. consideró las opciones. Finalmente,
se dio cuenta de que su meta de participar
ese año en el Campeonato de Victoria
no se iba a cumplir, pero quizá podría
dar un paso hacia su nueva meta, de jugar
en el campeonato del año siguiente,
aceptando la plaza ofrecida en la prueba
de reservas, con todas las esperanzas de
ganar el evento y clasificarse así
para el campeonato del año siguiente.
Cuando R. llegó de vuelta al lugar
del torneo a la semana siguiente, le permitieron
cruzar la puerta de la sala de juego y tomar
su posición en la prueba de reservas.
Al encontrar el cuadro del torneo descubrió
que le habían asignado un cero en
la primera ronda por incomparecencia. R.
reaccionó inicialmente con enfado,
e intentó protestar la decisión,
pero recordó, muy honrado, el discurso
que Oysters le había dado la semana
anterior, y se ahorró los comentarios.
Además, ¿ no era él
el mejor en la sección de reservas?
Estaba seguro de que si se realizaba una
encuesta entre los doce participantes, él
se daría el primer puesto y obtendría
el segundo de los otros once jugadores.
Decidiendo no distraerse con discusiones
fuera del tablero, R. cuadró sus
caídos hombros y resolvió
zanjar el asunto en los escaques.
. El torneo de reservas
R. jugó el torneo de reservas como
si le fuera en ello su propia vida. Se abrió
camino entre la oposición a machetazos,
anotándose victoria tras victoria;
y con una ronda aún pendiente, había
sumado 9 puntos en 10 partidas -por supuesto,
no había comparecido en la primera
ronda-, suficiente para ganar la mayoría
de los torneos con comodidad. No obstante,
su oponente de la última ronda, Dogswellington,
tenía 9,5 y sólo le servía
la victoria.
Durante el curso de la partida, Dogswellington
usó técnicas avanzadas para
distraer a R. del juego, en particular,
realizando una serie de jugadas sin anotarlas
en la planilla. R. se dio cuenta de que
no podía concentrarse bien en la
partida y buscó a Oysters para presentar
una queja formar y para asegurarse de cómo
contemplaban las normas aquella situación.
Oysters pareció de lo más
comprensivo con su difícil situación
y comunicó a R. que las reglas requerían
que el árbitro amonestase formalmente
al jugador infractor, lo que Oysters hizo
debidamente. Un par de movimientos después,
sin embargo, Dogswellington volvió
a las andadas, y de nuevo R. buscó
a Oysters, y de nuevo hubo amonestación.
Todavía procedió Dogswellington
con escasa observancia de las normas, y
R. se encontró incapaz de concentrarse
en lo que sucedía en el tablero.
Después de que Oysters hubo amonestado
oficialmente a Dogswellington por séptima
vez, R., que a esas alturas estaba en posición
desesperada, con pieza menos, preguntó
a Oysters cuál era el objeto de las
amonestaciones oficiales, ya que Dogswellington
parecía ignorarlas, sin por ello
ser penalizado. Oysters consultó
su abultada carpeta y, tras largo examen,
concluyó que las normas preveían
medios adecuados para que un jugador fuese
descalificado por infracciones continuadas
de las mismas, tras amonestación
oficial. Esto le dio a R. nuevos bríos
y volvió a la lucha valientemente,
hasta alcanzar la posición siguiente:
Le correspondía jugar, con blancas,
a Dogswellington. Aunque con ventaja de
pieza por peón, su torre, el caballo
y el peón g estaban amenazados, y
R. estaba seguro de que recuperaría
materia. Dogswellington se sumió
en un largo trance, antes de jugar 51.Txb5+.
R. no tenía otra elección
que capturar la torre, con 51...Rxb5, y
Dogswellington jugó entonces 52.Ce5+.
Percantándose de que mover el rey
y a una casilla negra le costaría
la torre por Cd7+ , R. efectuó la
jugada única 52...Ra4 y comenzó
a alegrarse interiormente, porque ahora
era él quien tenía ventaja
material decisiva. Pero tras 53.Cd7, amenazando
mate con Cb6 o Cc5, esta vez le tocó
el turno de pensar profundamente a R. Cuanto
más pensaba, más insolubles
encontraba los problemas a que se enfrentaba.
No había casillas para su torre desde
las que cubrir los mates. R. se dio cuenta
de que su única esperanza era que
Dogswellington cometiese una última
y fatal infracción, por no anotar
los movimientos. Para enturbiar al máximo
el asunto jugó 53...Ae2, a lo que
Dogswellington replicó inmediatamente
54.Axe2. Mirando a Oysters suplicante, R.
jugó rápidamente 54...Tb8+,
llegándose a la posición que
sigue:
Dogswellington reconoció la trampa
de ahogado, que se produciría al
capturar la torre, e inmediatamente jugo
55.Ad1+, sin haber anotado todavía
los movimientos anteriores, con lo cual
Oysters entró en escena y comunicó
a Dosgswellington que le había descalificado
por seguir infringiendo las normas, a pesar
de las siete amonestaciones.
El corazón de R. se llenó
de gozo cuando oyó esa palabras,
pues finalmente había conseguido
su objetivo de clasificarse para el Campeonato
de Victoria, y nada podía impedirle
participar al año próximo.
Siguió a Oysters hasta el cuadro
de clasificación oficial, donde Oysters
rellenó con un cero el recuadro de
Dogswellington; pero la alegría de
R. se convirtió en consternación
cuando, en el casillero que seguía
al nombre de R., Oysters anotó no
"1", sino "1/4". R.
solicitó a Oysters que le diese una
explicación, cosa que éste
hizo prolijamente:
"Naturalmente, su reacción
de que al recibir su oponente cero puntos
por la partida debería usted tener
derecho a un punto, es perfectamente natural.
Hubo un tiempo en que yo-siendo ese tiempo,
lógicamente, muy anterior a que yo
tuviera años de experiencia como
funcionario de alto rango-habría
pensado lo mismo. Pero consideremos la realidad
fríamente. Si, en la posición
final, su oponente hubiera descubierto que
estaba en jaque y capturado su torre, se
habría producido un ahogado y las
reglas, que son bastantes claras a este
respecto, le habrían concedido medio
punto a cada jugador. Usted está
a punto de decirme que, como él había
tocado su alfil, estaba obligado a realizar
la única jugada reglamentaria posible,
es decir, Ab5+. Pero ¿qué
sucede entonces? Si usted captura el alfil
con el rey, él toma su torre con
una posición absolutamente ganadora.
Si, por otra parte, usted captura el alfil
con su torre, él juega su rey a a2
y se encuentra usted n Zugzwang. Sólo
su torre puede realizar movimientos reglamentarios,
pero todos y cada uno de ellos permitirán
su captura, bien directamente , o tras un
jaque de caballo. Así que usted perdería.
Por lo tanto, está claro que usted
podría conseguir medio punto en el
mejor de los casos y, en el peor, y de hecho
el más probable, una derrota y cero
puntos. En estas circunstancias, concederle
un cuarto de punto me parece muy justo y
rayano en lo generoso."
. La apelación
Esta vez R. sí apeló la decisión
y fue convocado un comité de apelaciones
que tomó declaración a ambas
partes. R. argumentaba normalmente que si
su oponente había sido descalificado
por infringir las normas, entonces él
debería tener derecho a un punto
entero. Siguió argumentando que,
incluso si eso no era así, Oysters
había puesto demasiado énfasis
en la posición final, porque ¿no
era acaso cierto que Dogswellington había
sido descalificado, no específicamente
por esa infracción final, sino por
repetidas amonestaciones-y durante aquellos
primeros incidentes la posición no
estaba tan decantada como la final- y fue
sólo esa continua distracción
que él sufrió por las repetidas
infracciones lo que provocó que su
posición se deteriorase hasta llegar
a la posición final? Oysters, por
su parte, argumentó que era un funcionario
de alto rango y que es bien sabido y aceptado
por toda la comunidad que los funcionarios
nunca cometen errores y que, por lo tanto,
su decisión había sido correcta.
El comité de apelación deliberó
hasta bien entrado el año siguiente,
cuando, por fin, justo cuando R. había
perdido todas sus esperanzas, recibió
una llamada telefónica de coordinador
del comité de apelación, comunicándole
que el comité había fallado
a su favor y que su decisión escrita
le sería cursada en los próximos
días. R. estaba exultante e inmediatamente
llamó a Oysters, pero Oysters repuso
que él no había recibido ninguna
notificación formal acerca de la
decisión y colgó. Dos días
despujés R. recibió una carta
de Oysters, que abrió temblando de
ilusión. Decía:
"Como el plazo para decidir sobre
su apelación ha expirado y no se
ha alcanzado ninguna decisión acerca
de la apelación, lamento comunicarle
que su apelación no puede prosperar
y Dogswellington es el clasificado del pasado
año para el próximo Campeonato
de Victoria. Queda usted, no obstante, invitado
por medio de la presente a ser el duodécimo
participante en el campeonato de esta año."
. El siguiente campeonato
R. estrechó contra su pecho la carta
que le invitaba a ser el duodécimo
participante en la presente edición
del Campeonato de Victoria. A R. le cerraron
al paso, como esperaba, al aproximarse a
la entrada de la sede de la competición.
"¿Quién es usted?",
le inquirió el hombre de la puerta.
R. huyó escalera abajo, hacia la
calle y se arrojó delante de un camión
en marcha.
El rey ha muerto, ¡viva el rey!
Quince años después de que
Kaspárov se proclamase campeón
mundial, exactamente el 9 de noviembre de
1985, un joven alumno suyo toma el relevo.
A sus 25 años, Krámnik destronó
a Kaspárov de su indiscutible reinado
en el ajedrez mundial, convirtiéndose,
además, en el primer ser humano que
le vence en un duelo.
Con una serenidad y un virtuosismo defensivo
impropios de su edad, Krámnik resistió
las últimas embestidas de su temible
rival en la partida n 15 del match, que
resultaría ser la postrera. Eso sucedía
el 2 de noviembre. En una rueda de prensa
anterior a ese día. Krámnik
había dicho que la estrategia durante
el encuentro le había sido sugerida
por el juego del equipo de hockey sobre
hielo de la República Checa.
Nacido el 25 de junio de 1975 en Túpase
(Rusia), su currículo resulta ciertamente
impresionante. Por ejemplo: campeón
sub 15 de la URSS (en 1989), subcampeón
mundial sub 14 (1989) y sub 18 (1990). En
1991 se proclamó campeón del
mundo sub 18. En la Olimpiada de Manila
(1992) debutó con el equipo de la
selección rusa, cuando, en el plano
internacional era poco menos que un desconocido.
Su principal valedor, por cierto, fuel el
mismísimo Kaspárov, quien
sugirió su inclusión. Krámnik
no decepcionó, y con sólo
16 años, consiguió dos medallas
de oro: una por el mejor resultado individual
en el primer tablero, y la otra por la victoria
de su país. Un par de años
después, Kaspárov declaró:
"De los jóvenes estrellas, Krámnik
es el que tiene más posibilidades
de sucederme".
En 1997 se negó a participar en
el torneo de Candidatos de la FIDE, en protesta
por los privilegios de Kárpov, que
pudo permitirse defender su título
contra el vencedor del torneo, que no había
descansado ni un solo día. Ganó
numerosos torneos y mantuvo una puntuación
igualada en sus enfrentamientos con Gari
Kaspárov. En 19998 disputó,
en Cazoria, la "final" de aspirantes
al título mundial del Consejo Mundial
de Ajedrez (WCC), y perdió ante Alexéi
Sirov. Shírov. Sin embargo, en el
momento en que pasó a ocupar el n
2 del ranking mundial y tras la negativa
de Anand a jugar por la corona oficiosa,
Kaspárov sugirió que la organización
Brain Games le propusiera el desafío
a Krámnik, que aceptó encantado.
Durante la rueda de prensa de ese 2 de noviembre,
un periodista le preguntó, cuando
ya se disponía a celebrar su triunfo:
"¿Sabe a qué día
estamos?". Respuesta: "No lo sé.
Tenía cosas más importantes
de que ocuparme".
Por cierto que, en esa misma rueda de prensa,
también dijo que no le estrecharía
la mano a Shírov en Wijk aan Zee
(programado para enero de 2001), a menos
que se retractase de sus declaraciones antes
del encuentro con Kaspárov , afirmado,
entre otras cosas, que estaba amañado.
Aunque señaló que no tenía
nada personal contra Shírov, "esto
es muy grave, no sólo porque supone
un insulto, sino, sobre todo, por la horrible
imagen que da del ajedrez. He ganado el
encuentro, por lo que ahora no hay duda
de que no estaba amañado."
Según el GM español Miguel
Illescas, uno de sus analistas durante el
duelo, "el principal mérito
de Vladímir es su profesionalidad
en el entrenamiento. Ha sido muy criticado
por su estilo conservador, pero aquí
se ha ganado a pulso la victoria."
El nuevo campeón no se cerró
a una posible reunificación del título
mundial, aunque aclaró: "Tengo
firmado un contrato que me liga a Brain
Games. De modo que el acuerdo tendría
que ser entre la FIDE y esa empresa."
Kaspárov, por su parte, se mostró
ansioso por recuperar el trono: "Espero
que Brain Games aclare pronto cómo
se va a disputar el Torneo de Candidatos
el año próximo. Quiero jugarlo
y enfrentar a Krámnik en 2002".
El regreso de un Kaspárov desconocido
Haber perdido el titulo mundial parece que
ha sido un buen negocio para Gari Kaspároy.
El pasado año, en la 63ª edición
del Torneo Corus, en Wijk aan Zee, su victoriosa
actuación fue principalmente recordada
por el boicot que el número uno mundial
planteó a los informadores, al cancelar
la rueda de prensa final, debido a que el
público no le había concedido
el premio del día de 500 florines
por su última partida.
Como contraste, en Wijk aan Zee'2001 Kaspárov
sumó su récord de un tercer
triunfo consecutivo en Wijk aan Zee, exhibiendo
buen humor y modestia, demostrando ser capaz
de bromear acerca de los veleidosos hábitos
de votación por parte del público,
y haciendo acto de presencia en cuatro ocasiones
ante la prensa, una vez finalizada su partida.
En la quinta ronda el vencedor tuvo que
afrontar el disgusto de haber dejado escapar
posibilidades de victoria en su partida
contra el hombre que le arrebató
el título, Viadímir Krámnik,
lo que, al mismo tiempo, significaba que
Alexéi Shírov le dejaba atrás
en la tabla de clasificación. Sin
embargo, Kaspárov reaccionó
compartiendo con Krámnik un post-mortem
público, comentando la partida ante
una abarrotada sala de prensa.
Sí, por extraño que parezca,
fue un Gari Kaspárov poco menos que
eufórico quien saludó a la
prensa, tras hacer tablas en su última
partida contra Michael Adams, lo que le
aseguraba la victoria en el torneo y el
correspondiente primer premio de 20.000
florines. Ciertamente, no es extraño
que Kaspárov se sintiese feliz por
haber ganado el que probablemente acabe
siendo el torneo más fuerte del año.
No obstante, lo que más parecía
preocuparle era la calidad de las partidas:
"Lo que Krámnik, Anand y yo
jugamos en nuestras respectivas partidas
fue ajedrez del peor que hayamos jugado
nunca. Demasiadas imprevisiones, excesivos
errores de bulto. No puedo encontrar una
explicación para ello, como no sea
que la tensión de este torneo era
muy fuerte."
Para Kaspárov la presión
había sido mucho mayor que para sus
rivales, porque tenía que demostrar
que seguía siendo el mejor del mundo
y, tras ocho rondas de las trece programadas,
iba a remolque de Shírov con un punto
entero de desventaja. Sin embargo, en la
novena ronda, un decidido Kaspárov
salió a la palestra. En una partida
que se inició de forma desabrida
(sin apretón de manos al comienzo
ni a la conclusión), destruyó
a Shírov, tanto ante el tablero como
psicológicamente. Porque, a pesar
del día de descanso en que podía
haberse recuperado, la confianza de Shirov
desapareció. Así, en la siguiente
ronda no consiguió ganarle a Anand
un final con calidad de ventaja, y perdió
dos de sus tres últimas partidas,
lo que le valió descender hasta el
quinto puesto. Por otro lado, el único
rival alternativo, Alexánder Morozévich,
también fallaba, lo que le permitió
al de Bakú consolidar su liderato
y alcanzar la línea de llegada con
medio punto de ventaja sobre Anand, tan
sorprendido como el que más de haberse
clasificado finalmente en el segundo puesto.
Cierto que, apenas quince días después
de la Final de Teherán no podía
esperarse demasiado del Campeón Mundial
FIDE, pero el indio consiguió sobrevivir
en algunas posiciones dudosas y conservar
la energía suficiente para arrollar
a tres jugadores holandeses en las tres
últimas jornadas. El día que
se enfrentó a Jeroen Piket (1 1 11
ronda) era también la Fiesta Nacional
de la India y Anand se enteró de
que el presidente de su país le había
concedido el Padma Bhushan, una de las mayores
distinciones civiles en la India (por cierto
que, años atrás, Anand ya
había conseguido el Rajív
Gandhí Khel Ratna, la distinción
más alta de su país por méritos
deportivos). Lo cierto es que, quizá
estimulado por las buenas noticias, Anand
jugó inspirado, plasmando su mejor
partida del torneo.
El otro campeón mundial, Krámnik,
estaba tan retrasado que no tuvo inconveniente
en firmar unas tablas cortas, con blancas,
contra un Leko enfermo y en un momento crítico
del torneo. La razón, según
el propio Krámnik, fue que no habría
obtenido satisfacción deportiva alguna
en vencer a un oponente incapaz de jugar
adecuadamente. Krárnnik parecía
seguir la ruta de Kaspárov, hasta
que una descuidada derrota ante Morozévich,
en la novena ronda, le obligó a luchar
por una clasificación menor, lo que
consiguió con su victoria de la penúltima
jornada, ante un sonado Shírov. Los
millares de espectadores que, durante la
segunda quincena de enero, acudieran a Wijk
aan Zee para ver cómo se desenvolvía
Kasparov ante los nuevos campeones mundiales,
disfrutaron normalmente más con las
partidas de Shírov y Morozévich,
lo que se reflejó en el número
de premios a "la partida del día"
conseguidos entre ambos. El heterodoxo enfoque
ajedrecístico de Morozévich
quedó claramente en evidencia al
conformarse con unas rápidas tablas,
con blancas, contra Kaspárov, sobre
la sorprendente base de que "puntúa
mejor con negras". Lo cierto es que
más tarde, tras haberle ganado a
Krámnik, su resultado con negras
era espectacular: i5,5 de 6!, aun- que Leko
daría luego al traste con estas brillantes
cifras, levantándose de su lecho
de enfermo para vencerle en la penúltima
ronda. De los demás, Vassili lvanchuk
dio muestras, una vez más, de su
gran clase, con un resultado que pudo haber
sido mejor, de no ser por sus frecuentes
apuros de tiempo. Michael Adams comenzó
el torneo con buenas perspectivas, pero
éstas se fueron disolviendo a medida
que la competición avanzaba, aunque
su evolución no fue tan penosa como
la de¡ veterano Jan Timman, cuyo balance
de cuatro partidas perdidas en las cuatro
últimas rondas (entre ellas, su partida
con Kaspárov, en la que tenía
una excelente posición) le empujó
al último lugar de la tabla.
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