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La Torre

¿Qué habría pasado si Kafka hubiera sentido debilidad por el ajedrez al escribir El Castillo? Quizá el mito de la inasequible meta fuera ahora un torneo de ajedrez. En vez del agrimensor K., el protagonista sería el jugador R., el gran funcionario Klamm (palabra similar a la inglesa "clam" = almeja) sería Oysters (ostras) ; en lugar de Alemania, tendríamos al jugador Patrick, como rebelde ante las imposiciones burocráticas...
Esta es la propuesta lúdica de Chris Depasquale, quien no sólo se hizo la pregunta, sino que creó, a modo de respuesta, este espléndido juego de paralelismos.

. La invitación

R. estrechó contra su pecho la carta que le invitaba a ser el duodécima participante en el Campeonato de ajedrez de Victoria. Había dedicado toda su vida a esa tarea -pues no es tan fácil lograr esa excelsa categoría de participante en el campeonato del estado- y mientras recorría los yermos azotados por el viento conocidos como Ripponlea, sintió que todos sus desvelos habían merecido la pena.
Naturalmente, R. Podría haber tenido dudas sobre su participación -después de todo, en otras ocasiones ¿no había intervenido el destino en el último momento, impidiéndolo ocupar su puesto en el torneo?- pero esta vez era diferente. La carta que él tenía firmada por Oysters en persona, y era bien sabido que Oysters era un gran hombre por esos lares -quizás incluso el más importante funcionario de todos, aunque esto lo ponían en duda algunos que no lo habían visto- y eso debería ser suficiente hasta para R. Atrás quedaban el año en que le habían asegurado su participación sólo para encontrarse con que el campeonato no se iba a celebrar ese año, y aquella otra ocasión en que se aceptó su ingreso sólo para encontrarse con que el acontecimiento lo habían cambiado de campeonato ajedrecista a prueba de orientación en campo abierto.
A R. Le salieron al paso -como esperaba- al acercarse a la entrada del lugar de juego. ¿Quién es usted?, inquirió el hombre de la puerta, pero, antes de que R. Pudiera responder, uno de los ayudantes del portero -y, desde luego, es evidente que todo el mundo a cargo de tan elevadas responsabilidades necesita, al menos, dos ayudantes- le dijo: "No, nos cuentes quién eres. Márchate, y si se te necesita, ya se enviará por ti."

"Pero ya han enviado por mi", explicó R., pacientemente. Estoy aquí en calidad de duodécimo jugador en el Campeonato de Victoria," y se permitió una pequeña sonrisa. "¡Imposible!", espetó el portero, y le dio la espalda a R. "Esto no es un partido de cricket de pueblo, donde se requeriría un duodécimo jugador. Esto es un campeonato de ajedrez". "De hecho, éste es El Campeonato de Ajedrez, y sólo participan diez jugadores," añadió uno de los ayudantes, en un tono que sugería que cualquiera que estuviese a la puerta -como, ciertamente, se encontraba R. en aquel momento- sabría que sólo diez jugadores tomaban parte en el Campeonato de Victoria, y el ayudante también le dio la espalda a R.

En otro momento R. podría haber dado rienda suelta a sus sentimientos sobre ese grosero comportamiento, pero la confianza en su propia condición le contuvo. "Deben de estar ustedes confundidos," dijo, sacando de su bolsillo la carta de Oysters, y poniéndola delante de las narices del segundo ayudante. "Los funcionarios nunca cometen errores," repuso el ayudante, pero se tomó al menos tiempo para leer la carta. "Entonces," dijo R., una vez que el ayudante hubo acabado de leer, "¿cómo explica usted esto?" El funcionario hizo una mueca desdeñosa a ese comentario, preguntándose cómo cualquiera con la suficiente inteligencia para jugar al ajedrez podía ser tan carente de conocimientos y de comprensión hacia el trabajo de los funcionarios. "Debe usted hablar con el árbitro; él se lo explicará", dijo el funcionario. "¿Y dónde está el árbitro?", preguntó R., con tanta paciencia como pudo en esas circunstancias. Pues en la sala de juego, hombre de Dios," dijo el segundo ayudante, y R. se encaminó hacia la puerta del salón de juego.

El portero y sus ayudantes le cerraron el paso, y el portero le recordó que no tenía derecho a acceder a la sala R., que había visto una enorme cantidad de gente acceder al salón de juego, mientras él intentaba resolver su situación con el portero y sus ayudantes, preguntó a quién le estaba permitido acceder. "Sólo a jugadores, funcionarios y espectadores, por supuesto," explicó el portero. "Bueno, yo soy un jugador," insistió R., agitando la carta de Oysters delante de sus caras. "No puede usted serlo", dijo el portero, "ya que no se requiere un duodécimo jugador". R. lo consideró un instante. "Entonces soy un espectador," probó R., "y tengo derecho a entrar." El portero meneó la cabeza con tristeza. "Esta invitación se refiere a usted como jugador," señalo, "por lo tanto, usted no puede ser un espectador. Y ya que esta carta está firmada por un funcionario de tan alto rango como el mismo Oysters, no nos podemos tomar la libertad de ignorarla."

"Quizá, en vez de hablar con el árbitro, yo debería hablar con Oysters para resolver esta asunto," sugirió R., ante lo cual el portero y sus ayudantes empezaron a reírse tímidamente, y después en sonoras carcajada. R. enrojeció, mientras sus risas acababan reduciéndose a toses y farfullas y, por fin, el portero pudo contarle que el árbitro era, en realidad, el mismísimo Oysters. "Pero si espera usted fuera," continuó, "puede ser que le pille antes de que se marche."

Sin otro remedio, R. esperó fuera, donde pronto se le unió uno de los ajedrecistas, quien le ofreció un cigarrillo. "¿Por qué fuma usted?, preguntó R., deseoso de olvidar por un rato el tema de sus apuros. "Mata todos los gérmenes de ahí dentro," dijo el ajedrecista, sacudiendo su cabeza en dirección a la sala de juego. "En todos los torneos de ajedrez los no fumadores acaban con todo tipo de dolencias, que les impiden alcanzar sus mayores logros." R. sopesó esto. "Por qué no fuman ellos, entonces?", hizo la pregunta obvia. "Bueno, deben tener alguna excusa, al menos gripe o algún resfriado, por si no ganasen todas sus partidas," señaló el ajedrecista, "¿No necesita usted ninguna excusa?", preguntó R., y el ajedrecista sonrió. "Me hacen fumar fuera, así que es casi seguro que coja una pulmonía antes de que acabe la prueba, por lo tanto, tendré la mejor excusa de todas," R. mantuvo una pequeña charla con el jugador, se hicieron algo amigos, y la confianza aumentó lo suficiente como para explicarle que él estaba esperando a Oysters, quien había cometido algún error que debía ser subsanado. "Te advierto," dijo el ajedrecista, "que los funcionarios nunca cometen errores. Y cuanto más importante es el funcionario, más improbable es que cometa errores. Mi hermano acusó una vez a Oysters de cometer un error y eso arruinó su vida," Y el ajedrecista procedió a relatar la historia de Patrick.

. La historia de Patrick

Patrick era el mejor jugador de la zona. Y todos lo sabían Los funcionarios lo sabían. Los otros jugadores lo sabían. Como si hubiera alguna duda, los funcionarios hicieron una encuesta entre los veinte mejores, pidiéndoles que hicieran una clasificación de esos veinte mejores. Siendo el mejor, Patrick naturalmente recibió un primer puesto y diecinueve segundos puestos. Cuando tocó seleccionar el equipo para el encuentro telefónico interestatal, le mandaron una carta, firmada por Oysters personalmente, ofreciéndole el segundo tablero del equipo. En un ataque de ira, Patrick destruyó la invitación públicamente.
A los pocos días empezaron a pasar cosas. Los estudiantes a los que entrenaba dejaron de asistir a las clases. Las solicitudes que mandó a varios torneos parecían extraviarse constantemente o no recibirse. Su club de ajedrez le retiró su calidad de miembro honorario vitalicio y sus compañeros habituales de Blitz seguían sin encontrarse disponibles. El hermano de Patrick -pues no era otro ese ajedrecista fumador-se dirigió a todos los funcionarios que conocía e incluso a algunos que no conocía, suplicando que revocaran su decisión de relegar a Patrick. Ellos adujeron que no se había tomado tal decisión. El señaló la marcha de los alumnos y ellos apuntaron que los alumnos dejan sus entrenamientos o cambian de entrenador todos los días. El sacó a relucir las solicitudes que desaparecían, pero los funcionarios -mientras se esforzaban en puntualizar que los funcionarios nunca se equivocan- expresaban el punto de vista de que los fallos del correo en alcanzar su destino son un suceso diario.
En seis meses Patrick había muerto, un hombre roto y solitario. La cuestión que necesitas considerar es: ¿Mató Oysters a Patrick?

. La versión oficial

Cuando el ajedrecista terminó su relato, R. se quedó preocupado por él y la cantidad de tiempo que había pasado alejado del tablero. "No se preocupe," dijo, "ya me he apuntado la ronda de hoy. ¡Al parecer el decimosegundo jugador no apareció!" Y con eso se despidió corriendo a coger el autobús. R, quería correr tras él, pero le preocupaba perder a Oysters, si abandonaba su puesto de centinela junto a la puerta.

Unas horas después, los jugadores empezaron a abandonar el emplazamiento, a medida que acababan las partidas, mientras R. esperaba pacientemente a que apareciese Oysters. Varias horas después, justo cuando R. había abandonado toda esperanza, Oysters apareción. "Tengo que hablar con usted", dijo R., pero Oysters siguió andando. R. corrió tras él; al llegar a su altura, agitó la carta delante de su cara. "Sí", dijo Oysters, "debo hablar con usted sobre esto, pero también debo apresurarme para llegar a la emisora de radio. Puede usted viajar conmigo si quiere." R. no dijo nada, pues necesitaba todo el aliento para mantener el paso del funcionario, de rápidas zancadas. Al alcanzar su coche, Oysters rompió numerosas multas de aparcamiento del parabrisas y las tiró a la cuneta. Luego montó y R. apenas estaba lo bastante alerta para subir también en el asiento del pasajero, antes de que el coche arrancara y empezase a correr como un demonio hacia los barrios residenciales exteriores, donde R. sabía que se encontraba la emisora. R. no estaba muy seguro de si debía o no hablar, pero o deseando ofender al funcionario, esperó pacientemente. Por fin, habló Oysters:

"Usted no se presentó hoy a jugar su partida, así pues tuvimos que retirarle del torneo." R. se sintió forzado a discutir su caso, pero los acontecimientos del día le había agotado. Ahora lo único que quería hacer era relajarse en el confortable asiento del coche y abandonarse al sueño. Mientras se debatía por mantenerse despierto, que era lo único correcto, ya que allí estaba ese importante y poderoso funcionario concediéndole el beneficio de su tiempo, conocimiento y experiencia -y cuando se trataba de sabiduría, quién sabe qué perlas podría producir-. Oysters continuó, con tono monótono:

"Mi reacción inicial fue suspenderle durante dos años por incomparecencia, y doce más por ser un abandono injustificado, aunque puede argumentarse que su abandono fue dirigido por un funcionario y, por consiguiente, no puede ser injustificado, pero es, en realidad, una cuestión de falta y culpabilidad compartida -lo que no puede, naturalmente, aplicarse nunca a los funcionarios, cuyas acciones son siempre intachables- pero entonces yo tendría que decidir si las suspensiones se aplicarían de forma consecutiva o simultánea. Naturalmente, usted alegará que no fue autorizada su entrada al salón de juego por los funcionarios, pero nosotros -es decir, los funcionarios- señalaríamos que se le mandó una carta de invitación para evitar ese mismo problema, y todo lo que ha sucedido, en realidad, es que usted no ha hecho uso apropiado de esa carta. Por otra parte, podríamos considerar que no se ha hecho ningún daño y que usted podría jugar su partida otro día, como si hubiera sido aplazada por cualquier motivo.

Naturalmente, siendo realistas, no hay ninguna razón para aplazar partidas, pues si los jugadores son incapaces de jugar sus partidas los días programados, ¿por qué se iban a inscribir en el torneo? ¿Qué sucedería si usted intentase inscribirse en uno de los grandes torneos de ajedrez del mundo, como Hastings o Wijk aan Zee y propusiera en su solicitud que le gustaría jugar sus partidas en fechas diferentes a las programadas por los organizadores y, preferiblemente, en otro lugar? Está claro que ellos le contestarían con una educada misiva, agradeciéndole su solicitud y disculpándose por su extravío y por no haberla recibido. Aquí, naturalmente, por lo general nos gustan los aplazamientos, porque alteran el curso de las cosas y requieren que nosotros los organicemos, como lugares para las partidas aplazadas, árbitros para supervisarlas, y numerosos formularios por duplicado o incluso triplicado- pues ¿para qué sirve el papeleo, si no es para sacarlo en copias múltiples para todos los distintos funcionarios?-y de este modo podemos llenar nuestro tiempo. Hay quien podría argumentar que los funcionarios deberían pasar su tiempo animando a la gente a jugar un ajedrez organizado, desarrollando planes de negocios colectivos.

Consiguiendo patrocinadores publicitarios y apoyo gubernamental, pero la pura verdad, debo confesar que nunca he intentado tales cosas, pero aun así tengo bastante confianza en que no se nos darían bien, y puesto que los funcionarios nunca se equivocan, parece probable, no, casi seguro, que tenemos razón en ese apartado-, y por eso nos contentamos con llenar nuestro tiempo organizando eventos del modo más desorganizado posible. Así que no es posible que usted participé en el Campeonato de Victoria este año. Pero mientras que no puede participar y, por razones que ya se le han expuesto, no puede ser un espectador en el acontecimiento, podría no verse inconveniente en darle el empleo de operario del tablero mural. Y como no hay tableros murales que manejar, eso le dará a usted tiempo para participar en la sección de reservas, que, en caso de ganar, le clasificaría para jugar en el Campeonato de Victoria el año que viene. Entiendo que usted probablemente querrá apelar esta decisión, pero, como ya se habrá dado cuenta, yo soy el funcionario al frente de esta organización, y mi decisión sólo puede apelarse en el consejo plenario de funcionarios, en la Asamblea General anual."

R. parecía estar dormitando durante el largo monólogo, pero ante la mención de un posible canal de apelación que le habilitase para tomar su lugar en el campeonato, se despabiló. "¿Cuándo tendrá lugar la Asamblea General Anual?", preguntó R., tratando de no hacerse demasiadas ilusiones. "A estas alturas, naturalmente, no lo sabemos", repuso Oysters, "ya que nunca tenemos nada organizado con más de un día o dos de antelación. Puedo decirle, sin embargo, que la última A.G.A. se celebró ayer. Ya he llegado a mi destino, y debo pedirle que abandone el automóvil".

Un sorprendido R. salió precipitadamente del vehículo, cuya marcha Oysters amablemente había reducido a unos treinta kilómetros por hora para hacérselo posible, y emprendió su largo camino a casa. Mientras caminaba, R. consideró las opciones. Finalmente, se dio cuenta de que su meta de participar ese año en el Campeonato de Victoria no se iba a cumplir, pero quizá podría dar un paso hacia su nueva meta, de jugar en el campeonato del año siguiente, aceptando la plaza ofrecida en la prueba de reservas, con todas las esperanzas de ganar el evento y clasificarse así para el campeonato del año siguiente.

Cuando R. llegó de vuelta al lugar del torneo a la semana siguiente, le permitieron cruzar la puerta de la sala de juego y tomar su posición en la prueba de reservas. Al encontrar el cuadro del torneo descubrió que le habían asignado un cero en la primera ronda por incomparecencia. R. reaccionó inicialmente con enfado, e intentó protestar la decisión, pero recordó, muy honrado, el discurso que Oysters le había dado la semana anterior, y se ahorró los comentarios. Además, ¿ no era él el mejor en la sección de reservas? Estaba seguro de que si se realizaba una encuesta entre los doce participantes, él se daría el primer puesto y obtendría el segundo de los otros once jugadores. Decidiendo no distraerse con discusiones fuera del tablero, R. cuadró sus caídos hombros y resolvió zanjar el asunto en los escaques.


. El torneo de reservas

R. jugó el torneo de reservas como si le fuera en ello su propia vida. Se abrió camino entre la oposición a machetazos, anotándose victoria tras victoria; y con una ronda aún pendiente, había sumado 9 puntos en 10 partidas -por supuesto, no había comparecido en la primera ronda-, suficiente para ganar la mayoría de los torneos con comodidad. No obstante, su oponente de la última ronda, Dogswellington, tenía 9,5 y sólo le servía la victoria.

Durante el curso de la partida, Dogswellington usó técnicas avanzadas para distraer a R. del juego, en particular, realizando una serie de jugadas sin anotarlas en la planilla. R. se dio cuenta de que no podía concentrarse bien en la partida y buscó a Oysters para presentar una queja formar y para asegurarse de cómo contemplaban las normas aquella situación. Oysters pareció de lo más comprensivo con su difícil situación y comunicó a R. que las reglas requerían que el árbitro amonestase formalmente al jugador infractor, lo que Oysters hizo debidamente. Un par de movimientos después, sin embargo, Dogswellington volvió a las andadas, y de nuevo R. buscó a Oysters, y de nuevo hubo amonestación. Todavía procedió Dogswellington con escasa observancia de las normas, y R. se encontró incapaz de concentrarse en lo que sucedía en el tablero. Después de que Oysters hubo amonestado oficialmente a Dogswellington por séptima vez, R., que a esas alturas estaba en posición desesperada, con pieza menos, preguntó a Oysters cuál era el objeto de las amonestaciones oficiales, ya que Dogswellington parecía ignorarlas, sin por ello ser penalizado. Oysters consultó su abultada carpeta y, tras largo examen, concluyó que las normas preveían medios adecuados para que un jugador fuese descalificado por infracciones continuadas de las mismas, tras amonestación oficial. Esto le dio a R. nuevos bríos y volvió a la lucha valientemente, hasta alcanzar la posición siguiente:

Le correspondía jugar, con blancas, a Dogswellington. Aunque con ventaja de pieza por peón, su torre, el caballo y el peón g estaban amenazados, y R. estaba seguro de que recuperaría materia. Dogswellington se sumió en un largo trance, antes de jugar 51.Txb5+. R. no tenía otra elección que capturar la torre, con 51...Rxb5, y Dogswellington jugó entonces 52.Ce5+. Percantándose de que mover el rey y a una casilla negra le costaría la torre por Cd7+ , R. efectuó la jugada única 52...Ra4 y comenzó a alegrarse interiormente, porque ahora era él quien tenía ventaja material decisiva. Pero tras 53.Cd7, amenazando mate con Cb6 o Cc5, esta vez le tocó el turno de pensar profundamente a R. Cuanto más pensaba, más insolubles encontraba los problemas a que se enfrentaba. No había casillas para su torre desde las que cubrir los mates. R. se dio cuenta de que su única esperanza era que Dogswellington cometiese una última y fatal infracción, por no anotar los movimientos. Para enturbiar al máximo el asunto jugó 53...Ae2, a lo que Dogswellington replicó inmediatamente 54.Axe2. Mirando a Oysters suplicante, R. jugó rápidamente 54...Tb8+, llegándose a la posición que sigue:

Dogswellington reconoció la trampa de ahogado, que se produciría al capturar la torre, e inmediatamente jugo 55.Ad1+, sin haber anotado todavía los movimientos anteriores, con lo cual Oysters entró en escena y comunicó a Dosgswellington que le había descalificado por seguir infringiendo las normas, a pesar de las siete amonestaciones.
El corazón de R. se llenó de gozo cuando oyó esa palabras, pues finalmente había conseguido su objetivo de clasificarse para el Campeonato de Victoria, y nada podía impedirle participar al año próximo. Siguió a Oysters hasta el cuadro de clasificación oficial, donde Oysters rellenó con un cero el recuadro de Dogswellington; pero la alegría de R. se convirtió en consternación cuando, en el casillero que seguía al nombre de R., Oysters anotó no "1", sino "1/4". R. solicitó a Oysters que le diese una explicación, cosa que éste hizo prolijamente:

"Naturalmente, su reacción de que al recibir su oponente cero puntos por la partida debería usted tener derecho a un punto, es perfectamente natural. Hubo un tiempo en que yo-siendo ese tiempo, lógicamente, muy anterior a que yo tuviera años de experiencia como funcionario de alto rango-habría pensado lo mismo. Pero consideremos la realidad fríamente. Si, en la posición final, su oponente hubiera descubierto que estaba en jaque y capturado su torre, se habría producido un ahogado y las reglas, que son bastantes claras a este respecto, le habrían concedido medio punto a cada jugador. Usted está a punto de decirme que, como él había tocado su alfil, estaba obligado a realizar la única jugada reglamentaria posible, es decir, Ab5+. Pero ¿qué sucede entonces? Si usted captura el alfil con el rey, él toma su torre con una posición absolutamente ganadora. Si, por otra parte, usted captura el alfil con su torre, él juega su rey a a2 y se encuentra usted n Zugzwang. Sólo su torre puede realizar movimientos reglamentarios, pero todos y cada uno de ellos permitirán su captura, bien directamente , o tras un jaque de caballo. Así que usted perdería. Por lo tanto, está claro que usted podría conseguir medio punto en el mejor de los casos y, en el peor, y de hecho el más probable, una derrota y cero puntos. En estas circunstancias, concederle un cuarto de punto me parece muy justo y rayano en lo generoso."

. La apelación

Esta vez R. sí apeló la decisión y fue convocado un comité de apelaciones que tomó declaración a ambas partes. R. argumentaba normalmente que si su oponente había sido descalificado por infringir las normas, entonces él debería tener derecho a un punto entero. Siguió argumentando que, incluso si eso no era así, Oysters había puesto demasiado énfasis en la posición final, porque ¿no era acaso cierto que Dogswellington había sido descalificado, no específicamente por esa infracción final, sino por repetidas amonestaciones-y durante aquellos primeros incidentes la posición no estaba tan decantada como la final- y fue sólo esa continua distracción que él sufrió por las repetidas infracciones lo que provocó que su posición se deteriorase hasta llegar a la posición final? Oysters, por su parte, argumentó que era un funcionario de alto rango y que es bien sabido y aceptado por toda la comunidad que los funcionarios nunca cometen errores y que, por lo tanto, su decisión había sido correcta. El comité de apelación deliberó hasta bien entrado el año siguiente, cuando, por fin, justo cuando R. había perdido todas sus esperanzas, recibió una llamada telefónica de coordinador del comité de apelación, comunicándole que el comité había fallado a su favor y que su decisión escrita le sería cursada en los próximos días. R. estaba exultante e inmediatamente llamó a Oysters, pero Oysters repuso que él no había recibido ninguna notificación formal acerca de la decisión y colgó. Dos días despujés R. recibió una carta de Oysters, que abrió temblando de ilusión. Decía:

"Como el plazo para decidir sobre su apelación ha expirado y no se ha alcanzado ninguna decisión acerca de la apelación, lamento comunicarle que su apelación no puede prosperar y Dogswellington es el clasificado del pasado año para el próximo Campeonato de Victoria. Queda usted, no obstante, invitado por medio de la presente a ser el duodécimo participante en el campeonato de esta año."

. El siguiente campeonato

R. estrechó contra su pecho la carta que le invitaba a ser el duodécimo participante en la presente edición del Campeonato de Victoria. A R. le cerraron al paso, como esperaba, al aproximarse a la entrada de la sede de la competición. "¿Quién es usted?", le inquirió el hombre de la puerta. R. huyó escalera abajo, hacia la calle y se arrojó delante de un camión en marcha.


El rey ha muerto, ¡viva el rey!

Quince años después de que Kaspárov se proclamase campeón mundial, exactamente el 9 de noviembre de 1985, un joven alumno suyo toma el relevo. A sus 25 años, Krámnik destronó a Kaspárov de su indiscutible reinado en el ajedrez mundial, convirtiéndose, además, en el primer ser humano que le vence en un duelo.

Con una serenidad y un virtuosismo defensivo impropios de su edad, Krámnik resistió las últimas embestidas de su temible rival en la partida n 15 del match, que resultaría ser la postrera. Eso sucedía el 2 de noviembre. En una rueda de prensa anterior a ese día. Krámnik había dicho que la estrategia durante el encuentro le había sido sugerida por el juego del equipo de hockey sobre hielo de la República Checa.
Nacido el 25 de junio de 1975 en Túpase (Rusia), su currículo resulta ciertamente impresionante. Por ejemplo: campeón sub 15 de la URSS (en 1989), subcampeón mundial sub 14 (1989) y sub 18 (1990). En 1991 se proclamó campeón del mundo sub 18. En la Olimpiada de Manila (1992) debutó con el equipo de la selección rusa, cuando, en el plano internacional era poco menos que un desconocido. Su principal valedor, por cierto, fuel el mismísimo Kaspárov, quien sugirió su inclusión. Krámnik no decepcionó, y con sólo 16 años, consiguió dos medallas de oro: una por el mejor resultado individual en el primer tablero, y la otra por la victoria de su país. Un par de años después, Kaspárov declaró: "De los jóvenes estrellas, Krámnik es el que tiene más posibilidades de sucederme".

En 1997 se negó a participar en el torneo de Candidatos de la FIDE, en protesta por los privilegios de Kárpov, que pudo permitirse defender su título contra el vencedor del torneo, que no había descansado ni un solo día. Ganó numerosos torneos y mantuvo una puntuación igualada en sus enfrentamientos con Gari Kaspárov. En 19998 disputó, en Cazoria, la "final" de aspirantes al título mundial del Consejo Mundial de Ajedrez (WCC), y perdió ante Alexéi Sirov. Shírov. Sin embargo, en el momento en que pasó a ocupar el n 2 del ranking mundial y tras la negativa de Anand a jugar por la corona oficiosa, Kaspárov sugirió que la organización Brain Games le propusiera el desafío a Krámnik, que aceptó encantado.
Durante la rueda de prensa de ese 2 de noviembre, un periodista le preguntó, cuando ya se disponía a celebrar su triunfo: "¿Sabe a qué día estamos?". Respuesta: "No lo sé. Tenía cosas más importantes de que ocuparme".

Por cierto que, en esa misma rueda de prensa, también dijo que no le estrecharía la mano a Shírov en Wijk aan Zee (programado para enero de 2001), a menos que se retractase de sus declaraciones antes del encuentro con Kaspárov , afirmado, entre otras cosas, que estaba amañado. Aunque señaló que no tenía nada personal contra Shírov, "esto es muy grave, no sólo porque supone un insulto, sino, sobre todo, por la horrible imagen que da del ajedrez. He ganado el encuentro, por lo que ahora no hay duda de que no estaba amañado."

Según el GM español Miguel Illescas, uno de sus analistas durante el duelo, "el principal mérito de Vladímir es su profesionalidad en el entrenamiento. Ha sido muy criticado por su estilo conservador, pero aquí se ha ganado a pulso la victoria."

El nuevo campeón no se cerró a una posible reunificación del título mundial, aunque aclaró: "Tengo firmado un contrato que me liga a Brain Games. De modo que el acuerdo tendría que ser entre la FIDE y esa empresa." Kaspárov, por su parte, se mostró ansioso por recuperar el trono: "Espero que Brain Games aclare pronto cómo se va a disputar el Torneo de Candidatos el año próximo. Quiero jugarlo y enfrentar a Krámnik en 2002".


El regreso de un Kaspárov desconocido


Haber perdido el titulo mundial parece que ha sido un buen negocio para Gari Kaspároy. El pasado año, en la 63ª edición del Torneo Corus, en Wijk aan Zee, su victoriosa actuación fue principalmente recordada por el boicot que el número uno mundial planteó a los informadores, al cancelar la rueda de prensa final, debido a que el público no le había concedido el premio del día de 500 florines por su última partida.
Como contraste, en Wijk aan Zee'2001 Kaspárov sumó su récord de un tercer triunfo consecutivo en Wijk aan Zee, exhibiendo buen humor y modestia, demostrando ser capaz de bromear acerca de los veleidosos hábitos de votación por parte del público, y haciendo acto de presencia en cuatro ocasiones ante la prensa, una vez finalizada su partida.

En la quinta ronda el vencedor tuvo que afrontar el disgusto de haber dejado escapar posibilidades de victoria en su partida contra el hombre que le arrebató el título, Viadímir Krámnik, lo que, al mismo tiempo, significaba que Alexéi Shírov le dejaba atrás en la tabla de clasificación. Sin embargo, Kaspárov reaccionó compartiendo con Krámnik un post-mortem público, comentando la partida ante una abarrotada sala de prensa.

Sí, por extraño que parezca, fue un Gari Kaspárov poco menos que eufórico quien saludó a la prensa, tras hacer tablas en su última partida contra Michael Adams, lo que le aseguraba la victoria en el torneo y el correspondiente primer premio de 20.000 florines. Ciertamente, no es extraño que Kaspárov se sintiese feliz por haber ganado el que probablemente acabe siendo el torneo más fuerte del año. No obstante, lo que más parecía preocuparle era la calidad de las partidas: "Lo que Krámnik, Anand y yo jugamos en nuestras respectivas partidas fue ajedrez del peor que hayamos jugado nunca. Demasiadas imprevisiones, excesivos errores de bulto. No puedo encontrar una explicación para ello, como no sea que la tensión de este torneo era muy fuerte."

Para Kaspárov la presión había sido mucho mayor que para sus rivales, porque tenía que demostrar que seguía siendo el mejor del mundo y, tras ocho rondas de las trece programadas, iba a remolque de Shírov con un punto entero de desventaja. Sin embargo, en la novena ronda, un decidido Kaspárov salió a la palestra. En una partida que se inició de forma desabrida (sin apretón de manos al comienzo ni a la conclusión), destruyó a Shírov, tanto ante el tablero como psicológicamente. Porque, a pesar del día de descanso en que podía haberse recuperado, la confianza de Shirov desapareció. Así, en la siguiente ronda no consiguió ganarle a Anand un final con calidad de ventaja, y perdió dos de sus tres últimas partidas, lo que le valió descender hasta el quinto puesto. Por otro lado, el único rival alternativo, Alexánder Morozévich, también fallaba, lo que le permitió al de Bakú consolidar su liderato y alcanzar la línea de llegada con medio punto de ventaja sobre Anand, tan sorprendido como el que más de haberse clasificado finalmente en el segundo puesto. Cierto que, apenas quince días después de la Final de Teherán no podía esperarse demasiado del Campeón Mundial FIDE, pero el indio consiguió sobrevivir en algunas posiciones dudosas y conservar la energía suficiente para arrollar a tres jugadores holandeses en las tres últimas jornadas. El día que se enfrentó a Jeroen Piket (1 1 11 ronda) era también la Fiesta Nacional de la India y Anand se enteró de que el presidente de su país le había concedido el Padma Bhushan, una de las mayores distinciones civiles en la India (por cierto que, años atrás, Anand ya había conseguido el Rajív Gandhí Khel Ratna, la distinción más alta de su país por méritos deportivos). Lo cierto es que, quizá estimulado por las buenas noticias, Anand jugó inspirado, plasmando su mejor partida del torneo.


El otro campeón mundial, Krámnik, estaba tan retrasado que no tuvo inconveniente en firmar unas tablas cortas, con blancas, contra un Leko enfermo y en un momento crítico del torneo. La razón, según el propio Krámnik, fue que no habría obtenido satisfacción deportiva alguna en vencer a un oponente incapaz de jugar adecuadamente. Krárnnik parecía seguir la ruta de Kaspárov, hasta que una descuidada derrota ante Morozévich, en la novena ronda, le obligó a luchar por una clasificación menor, lo que consiguió con su victoria de la penúltima jornada, ante un sonado Shírov. Los millares de espectadores que, durante la segunda quincena de enero, acudieran a Wijk aan Zee para ver cómo se desenvolvía Kasparov ante los nuevos campeones mundiales, disfrutaron normalmente más con las partidas de Shírov y Morozévich, lo que se reflejó en el número de premios a "la partida del día" conseguidos entre ambos. El heterodoxo enfoque ajedrecístico de Morozévich quedó claramente en evidencia al conformarse con unas rápidas tablas, con blancas, contra Kaspárov, sobre la sorprendente base de que "puntúa mejor con negras". Lo cierto es que más tarde, tras haberle ganado a Krámnik, su resultado con negras era espectacular: i5,5 de 6!, aun- que Leko daría luego al traste con estas brillantes cifras, levantándose de su lecho de enfermo para vencerle en la penúltima ronda. De los demás, Vassili lvanchuk dio muestras, una vez más, de su gran clase, con un resultado que pudo haber sido mejor, de no ser por sus frecuentes apuros de tiempo. Michael Adams comenzó el torneo con buenas perspectivas, pero éstas se fueron disolviendo a medida que la competición avanzaba, aunque su evolución no fue tan penosa como la de¡ veterano Jan Timman, cuyo balance de cuatro partidas perdidas en las cuatro últimas rondas (entre ellas, su partida con Kaspárov, en la que tenía una excelente posición) le empujó al último lugar de la tabla.


 
 
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